domingo, 13 de abril de 2008

Adivinación.

Ella tenía un don: con sólo mirarte era capaz de decirte la fecha exacta de cualquier cosa que te hubiera sucedido en el pasado, así como lo que te pudiera esperar en el futuro. Su precisión era milimétrica, tanto que durante años pudimos vivir de sus adivinaciones holgadamente.
En la lista de espera de gente que quería que le leyeran la mano, había multitud de nombres. El día que recibía se ponía un traje largo que le ocultaba sus formas y escondía sus ojos claros bajo una capa gruesa de rimmel negro. Políticos, empresarios y famosos: sólo aquellos que se podían permitir pagar sus honorarios accedían a la consulta de la que sabían que no iban a salir defraudados.
Y únicamente aceptaba uno al mes: el esfuerzo que le producía el tener que concentrarse en la vida del cliente la dejaba tan postrada que casi no se podía mover durante una semana.
Aprendí a amarla el día que la vi por primera vez en uno de esos estados de debilidad. Supe entonces que me necesitaba, que era algo más que una diversión. Me dijo: cuídame, te necesito a mi lado.
Y acepté.
 El resto del tiempo su poder sobre mí sería inmenso: con sólo esforzarse un poco, ella podía saber lo que el futuro nos deparaba como pareja. Cualquier pelea, cualquier descubrimiento. Porque ella, a diferencia de mí, nunca habría de pisar un suelo resbaladizo. Para ella nuestra relación fue desde el primer momento tan clara como inevitable.
Porque ella, sobre todas las personas, creía en el destino. Y desde pequeña supo que habría de casarse conmigo apra luego engañarme.
El día de nuestra boda, sólo le pedí una cosa. Que jamás me dijera lo que nos deparaba la vida. Ella sonrió: no era la primera persona que le hacía una petición semejante.
Por más que te lo ruegue, no me digas nunca qué va a ser de nosotros. Es más, no me digas nunca qué va a ser de mí. 
Era un peso con el que no me sentía capaz de cargar.
La amé como nunca había amado a nadie y sé que ella también lo hizo, a su manera: como todo lo que es efable y que sin embargo tiene que callarse.
Porque no sabía, ni quería saber,  llegué a pensar que aquello sería eterno. 
Lo que no se puede evitar vino en su ayuda: con el tiempo había de buscarse un amante.
Cuando me enteré reaccioné con la mayor entereza. No le pedí explicaciones: no había ninguna. Me voy, le dije, os voy a dejar el camino libre. Ya sabía que lo harías, contestó con su sonrisa triste. Sólo una cosa antes, repliqué: me gustaría que me dijeras cuánto tiempo me queda antes de morirme.
Me tomó por las manos como hacía con sus clientes. Era la última vez que las tocaría. Sus cejas se levantaron ¿de verdad quieres saberlo? Me preguntó. Yo asentí.
Poco, me dijo, te queda poco. 
¿Cuanto?
Una semana justo. El martes, a las siete de la tarde.
Confieso que en ese momento me hundí.
Por si acaso, volví a preguntar:
¿Estás segura?
Sonrió, tristemente.
Ya parecíamos dos extraños: ella era la adivina y yo sólo un cliente. El precio que había pagado no era menor que el de cualquiera que la consultara: yo había tenido que entregar mi matrimonio. 
Me desesperé.
No puedo morir, dije, no tan pronto, ¡tengo tantas cosas por hacer!
Hay una solución, me dijo casi en susurros: huye hacia el oeste, siempre hacia el oeste, donde sea siempre una hora menos: engaña al destino, engaña al tiempo.
Nos despedimos con un beso en la mejilla, como los buenos amigos.
Del banco saqué todo el dinero que tenía y compré un billete de avión hacia Portugal.
De allí, un pasaje en barco hacia Estados Unidos. En Nueva York esperaría que llegara el martes funesto. Y por la mañana de ese mismo día, cogería un avión hacia China. Donde ya nunca sería martes sino miércoles.
Resultaría inútil tratar de explicar mis sufrimientos atrapado en aquel avión en el que atravesaba usos horarios como lo hace una aguja en un pastel de nata.
Pensaba en mi mujer, en su amante, en mi deseo de saber lo que nunca tenía que haber sabido.
Sólo puedo decir que respire abiertamente cuando las puertas se abrieron en una tierra del todo desconocida en la que jamás sería martes siete.
Una vez fui consciente de que no habría de sucederme nada, otros pensamientos ocuparon mi mente. Durante todo aquel día andé desasosegado. Si mi mujer lo sabía todo ¿no sabia también que habría de salvarme? Entonces ¿se había equivocada en su pronóstico?
Algo tenía que estar mal.
Alquilé una habitación en un hotel oscuro en el que se escuchaba hasta el sonido de las cañerias. El chino que me había atendido ni me había pedido la documentación. El cuarto era pequeño y estaba pintado en verde. La cocha de la cama estaba llena de marcas de colillas.
Sí, mi mujer tenía que saber que yo acabaría en un lugar así. Sí, ella tuvo que saberlo desde el principio. ¿Y por qué no lo había evitado del mismo modo en el que lo había hecho yo? ¿por qué había permitido que las circunstancias nos condujeran a aquella situación? Si tanto nos queríamos ¿por qué no había hecho nada para cambiar el destino?
Entonces lo supe. Como una revelación y me sentí burlado, un muñeco entre sus manos: ya no había vuelta atrás. Me había engañado. Y yo, tonto donde los haya, le había dejado el camino libre para que su amante o quien fuera, ocupara mi lugar en el único momento en el que me necesitaba: durante aquellos días en los que, desmayada sobre la cama de matrimonio que su abuela nos había regalado el día de nuestra boda, me pedía que por favor no la abandonara (como si desde el principio no supiera lo que había de acontecernos).

Ya ves, hermano muerto, tengo un examen el miércoles y aquí me tienes: esbozando historias. Prometo que luego la corregiré, que éste es sólo un primer borrador.
Para que veas que no te olvido.
A pesar de que te hayas vengado de mí borrando mi blog anterior (que te piensas que no lo sé, pillín).

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